La papaya y el violador: cuando la culpa es de la víctima


CUENTO: Presa fácil

Fuente: artículo que leí hace muchos años, y que no he podido volver encontrar. Experiencia personal de la autora (“Jessica”), escrito si no recuerdo mal en el contexto del movimiento #MeToo de 2017.

OTRAS FUENTES


Marina Abramovic on performing "Rhythm 0" (1974)

Ritmo 0

An Art Made of Trust, Vulnerability and Connection | Marina Abramović | TED Talks


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


Te voy a contar una historia de la vida real, y puede que sea muy difícil escuchar esta historia, porque seguramente ya te imaginas cómo va a terminar. No hace mucho tiempo había una chica, llamémosle Jessica. Jessica tenía 14 años, pero era bastante madura para su edad, y se veía mucho mayor de lo que era.

Precisamente como era inteligente y era madura, no le gustaba tanto pasar mucho tiempo con compañeros de su misma edad porque los veía aburridos. Ella se interesaba más por juntarse con chicas mayores que ella. Le estaban empezando a interesar los chicos, y la verdad es que sí le gustaba un poco llamar la atención.

Tenía muchos problemas en la familia, así que se la pasaba, por lo general, más fuera de la casa que dentro. Pero aunque de pronto aparentaba como la chica mala, realmente Jessica era muy inocente. Era muy tierna, y como ella no le hacía daño a nadie, no le cabía en la cabeza que alguien le fuera a hacer daño a ella.

Pues resulta, sucede y acontece que una noche sus amigas la invitaron a ir de fiesta. Era una fiesta de universitarios. Y una de sus amigas, aunque apenas tenía 16 años, tenía un novio que ya estaba en la universidad y les dijo que las podía entrar secretamente, así fueran menores de edad.

Y cuando a Jessica la invitaron, le dio un poquito de susto porque sabía que se metería en muchos problemas si sus padres la descubrían. Pero qué cool ir. Así que planificó todo para que nadie la descubriera.

Fingió acostarse temprano, pero en realidad se organizó, se puso tacones y maquillaje para que pareciera mayor de lo que ya parecía, y se escabulló por la ventana para irse con sus amigas de fiesta. Y la pasó muy bien. Bailaron y bailaron y bailaron y se rieron, especialmente cuando empezaron a tomar.

Jessica nunca antes había tomado, pero claro, quería probarlo, ¿no? Y no costó mucho para que ya estuviera, digamos, con las capacidades reducidas. Jessica bailó con sus amigas, bailó con varios de los chicos que estaban en la fiesta, y había un chico en particular que le estaba prestando mucha atención. Era alto, guapo, muy atento con ella, y la hizo reír.

Y Jessica no se podía creer que un chico universitario estuviera interesado en ella. Y llegó el momento en donde el chico le dijo a Jessica: "¿Quieres que nos vayamos de aquí a algún lugar un poco más tranquilo donde podamos conversar?". Y la miró con una sonrisa. Y Jessica también le sonrió y estuvo a punto de decir que sí, pero de repente, a pesar de estar un poco tomada, se le prendieron las alarmas.

Y aunque le costaba pensar, se puso a pensar: "Espera, no sé este chico a dónde me va a llevar. Y bueno, ha estado coqueteando conmigo, seguro me va a querer dar un beso". Y Jessica nunca se había dado un beso antes.

¿Querría hacerlo con este chico que recién había conocido? Sí le parecía guapo y todo, pero Jessica siempre había de pronto querido que su primer beso fuera con alguien realmente especial. No necesariamente con un extraño que acababa de conocer. Y por allá una vocecita también le decía: "¿Y qué pasa si él quiere más que un beso?". Pero luego otra vocecita, la vocecita que ya estaba tomada y que se estaba divirtiendo, le decía a Jessica: "Ay por favor, qué dramática eres".

"Ya estás montándote en toda una película cuando él solo dijo que quería conversar. Solo quiere conversar y ya aquí tú imaginándote de todo. ¿Por qué no ir con él y conversar un poco donde no haya tanta bulla?". Y como estas dos voces la estaban jalando de un lado para otro, Jessica no se podía decidir.

Como digo, estaba bastante tomada y le costaba mucho tomar decisiones y pensar racionalmente. Pero el chico estaba esperando una respuesta, así que Jessica finalmente se rió un poquito y dijo: "¿Quizá?". El chico se quedó mirándola un poco extrañado y de repente como que entendió algo. Y el chico le sonrió a Jessica y dijo: "Eso no es un sí".

Y la llevó donde estaban sus amigas y le dijo a las demás chicas: "Cuídenla, no la vayan a dejar sola". Y el chico se fue. Y sus amigas empezaron a decir: "Ay Jessica, estás muy tomada", y se la llevaron para la casa.

Y Jessica regresó sana y salva a su casa y no le pasó absolutamente nada. Imagino que no te esperabas ese final, porque este tipo de historias casi nunca termina así. No solamente en las noticias, sino que todos, absolutamente todos, conocemos a alguna mujer que le ha pasado algo terrible.

Jessica al crecer luego entendió el peligro tan impresionante al que se había expuesto y escribió su historia. Y en su artículo planteaba la pregunta: "¿A mí por qué no me violaron esa noche?". Y la respuesta contundente era: "Porque ese chico no era violador". Estamos tan acostumbrados a echarle la culpa a la víctima.

¿Cómo iba vestida? ¿Pero qué hacía sola a esas horas de la noche? ¿Quién la manda a meterse por allá? Estaba tomando. En muchísimas culturas lo más común es empezar a buscar razones para decir que la víctima se lo buscó, que fue culpa de ella. En Colombia inclusive existe una frase que todos los colombianos conocen muy bien, que incluso le dicen el undécimo mandamiento: "No dar papaya".

¿Qué? ¿Cómo así? ¿Qué es eso? En Colombia la papaya no solamente es una fruta, es una oportunidad. Y un papayazo es una oportunidad irresistible. Y ese "no dar papaya" se utiliza para culpar a la víctima.

Le robaron el celular. ¿Y dónde lo llevaba? En el bolsillo de atrás. Ah, dio papaya. Caminando de noche, dio papaya. Llevaba una cadena de oro, dio papaya. Se le quedó una ventana abierta, dio papaya.

Confió en la persona que no era. Ah, dio papaya. Y cada que alguien se aprovecha de otra persona, culturalmente la papaya se utiliza para excusarlo. Se utiliza para justificar al malo. Para decir: "Ah no, ahí no hay nada que hacer. Usted no se cuidó, usted se lo buscó, eso fue culpa suya".

Pero al viajar por el mundo, he entendido que el problema no es la papaya, para nada. En Alemania, por ejemplo, estaba visitando una amiga que vivía en un pueblo, y cuando nos íbamos de la casa, ella dejaba las llaves pegadas a la puerta. Eso para demasiadas personas es absolutamente insólito.

Aquí tienes la continuación del texto, siguiendo el formato solicitado: envuelto en etiquetas

, sin marcas de tiempo y con correcciones de fluidez manteniendo la exactitud del discurso.

Y yo quedaba anonadada. Yo decía: "¿Pero cómo así? Tienes que echar la llave, tienes todas las cosas adentro". "No, aquí no pasa nada, tranquila". Dejaba las llaves pegadas a la puerta y no pasaba nada, porque en ese pueblo no había ladrones. El problema no es la papaya, el problema es el que se aprovecha.

Si a alguien le roban el celular y dicen: "¿Dónde lo llevaba? ¿En el bolsillo de atrás? Ah, por eso lo robaron". No, por eso no lo robaron. ¿Por qué esa misma persona puede tener el mismo celular en el bolsillo de atrás y estar conmigo, y puede que se quede dormido o que deje el celular por ahí? Yo no me voy a robar el celular, porque yo no soy ladrona.

Incluso si yo supiera que la persona jamás se daría cuenta que fui yo, incluso si yo supiera que nunca jamás tendría que pagar las consecuencias, yo no le voy a robar el celular, porque yo no soy ladrona. Él me puede dar toda la papaya que quiera, no importa. El problema no es la papaya. ¿Pero qué es lo que pasa? Que es mucho más fácil culpar a la víctima, porque así uno se lava las manos.

Uno siempre quiere que se haga justicia. Y si uno le echa la culpa a la víctima, entonces es como si la justicia se hubiese hecho, porque: "Ah, se lo merecía, se lo buscó, quién lo manda". Duele más pensar que alguien inocente sufra daño. Duele más pensar que no hay justicia. Y encima, culpar a la víctima le da a uno cierta sensación de seguridad, porque así uno puede decir: "Ah, bueno, pues si yo no doy papaya, entonces a mí no me pasa. Eso le pasó al otro por bobo, pero yo no soy bobo".

Uno quiere sentir control sobre sus circunstancias y sentirse a salvo, cuando en realidad la verdad mucho más difícil de aceptar es que le puede pasar a cualquiera. Las cosas malas también le pasan a los juiciosos, a los precavidos, a los inteligentes. También le pasa a la gente que todo lo hace bien, y eso da pánico.

Ahora bien, sí debo decirte que sí es posible tomar ciertas acciones para reducir el riesgo de que te pase algo. Eso es lo bueno de la mentalidad de "no dar papaya", porque le enseña a la gente a cuidarse. A Jessica no le pasó nada porque ese hombre no era violador, pero ¿y donde lo hubiera sido? Ahí sí que Jessica era una víctima demasiado fácil, y por eso, si en esa fiesta hubiese habido un violador, seguramente la hubiera escogido a ella.

No queremos hacérsela fácil al malo. El malo es malo, eso no lo podemos controlar, pero para que el malo me haga daño a mí necesita tres cosas. Primero, necesita tener la intención de hacerme daño, ¿no? Porque como ya hemos visto, si no hay la intención de hacer daño, uno puede dar toda la papaya que quiera y el daño no se va a realizar. O sea, eso es lo número uno, eso es lo más importante y eso es lo que hay que mirar.

Segundo, el malo tiene que tener la capacidad de hacerme daño. Y tercero, tiene que tener la oportunidad; en otras palabras, la papaya. Y ahí sí uno puede influir. Yo no tengo ningún control sobre la intención del malo, tengo muy poquito control sobre la capacidad del malo, pero sí tengo un poco más de control sobre la oportunidad que tiene el malo de escogerme a mí.

Si quieres saber más sobre este tema, escucha mi episodio "Cómo evitar ser víctima: la serpiente budista". Porque claro, si sé que no hay ladrones, si sé que no hay malos, no me tengo que preocupar por dar papaya. Puedo dar toda la papaya que quiera, no importa. Pero si sé que hay ladrones, y si sé que va a haber malos, pues por mi propia seguridad, claro, debo tener cuidado, debo no dar papaya.

Pero al fin y al cabo, la papaya no es lo importante, porque por más oportunidad que le den, el otro siempre puede elegir cómo responder. El otro siempre puede elegir si hacer lo correcto o si hacer daño. Y nunca hay excusa para hacerle daño a otra persona. La víctima no se lo estaba buscando. Por más papaya que haya dado, nunca jamás es culpa de la víctima.

Porque si la persona que se aprovechó de ella no hubiese sido una mala persona, no hubiera importado lo que la víctima hiciera; no sería víctima. La víctima no se lo estaba buscando. Y aunque se lo hubiera estado buscando, la responsabilidad del otro es ser buena persona. Ese es el peligro de la mentalidad de la papaya, porque cuando uno culpa a la víctima, justifica al malo. Y es mucho más fácil eso que hacer que el otro tome responsabilidad por sus actos. Es mucho más fácil lavarse las manos.

Y no solo eso, el problema de la papaya es doble, porque está también el otro lado: "¿Papaya puesta, papaya partida?". Ahí sí que uno se lava las manos, ahí sí que no responde. Porque con esa mentalidad, si alguien me da la oportunidad, yo tengo el derecho de aprovecharme de esa persona. Yo tengo el derecho de hacerle daño porque ella se lo estaba buscando, y la culpa recae sobre ella, no sobre mí. Qué conveniente, ¿no? Qué rico es echarle la culpa al otro y no aceptar responsabilidad por mis propios actos.

Algo que se ve y que se oye mucho, de parte tanto de hombres como de mujeres, es culpar a la tal naturaleza: "Mamita, usted sabe que los hombres son así. ¿Qué esperaba, pues?". ¿Así? ¿Que es su naturaleza? Pues te pregunto: ¿Es la naturaleza de un perro querer comerse un pedazo de carne? Claro, eso es lo que el perro quiere. Y sin embargo, un perro bien entrenado no toca esa carne hasta que el amo no le dé la orden.

El perro es capaz de quedarse ahí, con la cabeza sobre las patas, mirando fijamente la comida y no se mueve, no la toca. Supe de una chica ciega que tenía una perrita guía y una noche le sirvió la comida a la perrita y se le olvidó darle la orden y decirle que la podía comer. La chica se fue a dormir y como era ciega, no se dio cuenta, no vio que la perrita no estaba comiendo, que estaba ahí esperando.

La perrita se quedó toda la noche con hambre y no se comió la comida porque no le habían dado permiso, porque estaba entrenada y sabía que no se comía si no le daban permiso. Los seres humanos no somos animales. Sabemos cuando algo está mal y no hace falta recibir una educación especializada de lujo para saber qué está mal y qué no. Nosotros tenemos la capacidad de elegir y uno sabe que algo está bien o que está mal incluso cuando sabe que no va a haber consecuencias.

En el año 1974, una artista serbia de 23 años llamada Marina Abramovic realizó uno de los performance artísticos más extraordinarios, más atrevidos, más peligrosos y más confrontadores que ha habido en la historia.

Era arte, pero también era una declaración social profundísima. Marina se fue ese día a la galería de arte y estaba dispuesta a morir. Se puso de pie detrás de una mesa y se quedó absolutamente quieta. Sobre la mesa había varios artículos. Había algunas frutas, unas plumas, miel, flores, cosas lindas, cosas bonitas. Pero al otro lado de la mesa había también cadenas, tijeras, hasta un arma y una bala.

Y había un letrero que decía: "Durante seis horas puedes hacerme absolutamente lo que quieras. Yo asumo total responsabilidad". ¡Qué loco! Y esa pregunta es muy, muy, muy confrontadora. Porque esa es la pregunta real, la que más importa: ¿Qué harías tú donde no hubiera consecuencias? ¿Qué harías tú?

Al principio, al público que estaba en la galería de arte viendo distintas obras y distintos performances, le pareció curioso. Al principio, algunas personas tomaban una flor y se la ponían en la mano y decían: "Ve, qué interesante". Ella no reacciona, no me mira, no se mueve, se deja manipular completamente; es como un títere. Le hacían cosquillas con las plumas, le daban besos en la mejilla, le levantaban los brazos, le daban la vuelta.

¡Qué extraño se sentía jugar con el cuerpo de otra persona sin que esta persona reaccionara de ninguna forma, sin que te pusiera límites, sin que te dijera no! Y por ahí a las tres horas, las cosas empezaron a cambiar. Ya algunos hombres atrevidos empezaron a tocarla de forma más agresiva, abusiva. Empezaron a experimentar con algunas de las otras cosas del otro lado de la mesa. Y aun así, Marina no reaccionaba.

Por dentro, se moría del miedo porque no sabía hasta dónde el público iba a llegar. Pero ella estaba tan comprometida con su arte que estaba dispuesta a permitirlo todo. Ella había ido dispuesta a morir. Y al ver que Marina no reaccionaba, y al ver que el resto del público tampoco decía nada, ya las personas empezaron a sentirse más atrevidas y empezaron a hacer más cosas.

Y finalmente llegó un hombre que tomó las tijeras y empezó a cortarle la ropa. A Marina se le empezaron a salir unas lágrimas, pero ni aun así reaccionaba, y el resto del público tampoco. Y ahora sí que empezaron a hacerle daño; empezaron a clavarle espinas en su cuerpo desnudo. Un hombre tomó un cuchillo y le cortó la garganta y se puso a beber su sangre. Marina lleva la cicatriz hasta el día de hoy.

Cada vez la lastimaban más y más, y ya el cuerpo de Marina estaba cubierto de sangre y de lágrimas. Y finalmente, un hombre tomó el arma y le metió la bala, puso el arma en la mano de Marina, se la llevó a la cabeza de ella y puso el dedo de Marina sobre el gatillo. Y por fin, ahí sí, alguien reaccionó.

Alguien del público, por fin, dijo: "No, no más, hasta allá no". Y esta otra persona, no sé si sería hombre o mujer, se fue corriendo y le arrebató el arma de la mano de este hombre. Y se armó una pelea; se armó una pelea entre quienes querían seguir haciéndole daño y decían: "Pero ella misma se está sometiendo a esto, ella está asumiendo toda responsabilidad, ella misma se lo está buscando", y otras personas que decían: "No, no lo voy a permitir, no me importa que ella haya dado permiso, esto está mal, y ni lo hago, ni permito que se haga en mi presencia".

Y en medio de esta pelea, se acabaron las seis horas, y Marina por primera vez en todas esas seis horas se movió de su propia voluntad y empezó a caminar hacia el público. ¿Y saben lo que pasó? De inmediato, todos, todas las personas en aquella galería salieron corriendo. Porque hasta el momento, sin ninguna reacción, había sido fácil ver a Marina como un objeto.

Pero ahora que ella, de su propia voluntad, los miraba a los ojos y caminaba hacia ellos, su humanidad era evidente. Y de repente tenían que confrontar: "Esta es una persona, una persona de verdad, un ser humano de carne y hueso", y sabían que estaba mal. Esta persona está llorando, esta persona está herida, y eso lo hice yo, o permití que lo hicieran. Y aun con permiso, todos sabían que estaba mal.

Al final, algunos la defendieron, impidieron que la mataran, pero permitieron todo lo anterior: permitieron que la desnudaran, permitieron que la cortaran, que la laceraran; permitieron todo eso y nadie dijo nada. Porque ella se lo estaba buscando. Ella lo estaba permitiendo. Ella era la responsable. Pero no.

¿Así fuera responsable solo ella ante la ley? Desde el punto de vista de la humanidad, todas las personas somos responsables de nuestros propios actos y nuestras propias decisiones. Y así no haya consecuencias, algo que está mal, sigue estando mal. Hay demasiadas personas que no necesitan una razón para hacerle daño al otro; solo necesitan permiso. Y hay demasiadas personas a las que ni siquiera les importa eso.

¿Tú qué hubieras hecho si hubieses estado en esa galería, con Marina y con el resto de las personas? ¿Le harías daño porque tienes la oportunidad, y encima de la oportunidad, tienes permiso? ¿Serías una persona así? ¿O no le harías nada, pero te quedarías mirando? ¿Te lavarías las manos diciendo: "No, yo no le hice nada, yo no la corté, yo no la golpeé, yo no le hice nada"? ¿Pero te quedarías ahí permitiendo que suceda porque ella se lo buscó? "Allá ella, ella está asumiendo total responsabilidad". ¿Te lavarías las manos?

¿O intervendrías? ¿Y cuándo intervendrías? ¿Esperarías hasta el último minuto, cuando ya ves que la van a matar, cuando ya ves que la van a asesinar frente a tus ojos? ¿Esperarías hasta ese momento para decir "no más"? ¿O desde antes, desde el primer golpe? ¿Serías un protector? ¿Serías alguien que diga: "Veo la vulnerabilidad de esta persona, y veo que hay personas que están dispuestas a aprovecharse de ella, y no lo puedo permitir"?

¿Te colocarías enfrente? ¿Arruinarías el experimento? ¿Dirías: "No importa el experimento, importa este ser humano que está frente a mí"? ¿Le dirías a los otros: "Ella te está dando permiso, pero yo no, yo no lo permito"? No importa la oportunidad, no importa la papaya. Lo que importa es lo que decide cada quien hacer con esa oportunidad.

No tenemos control sobre los demás, pero sí tenemos control sobre nosotros mismos. ¿Qué tipo de persona voy a ser yo? ¿Qué tipo de decisiones voy a tomar yo? Si estás tan acostumbrado a esa mentalidad de "no dar papaya", de culpar a la víctima, tienes que preguntarte muy seriamente: "Si yo hubiera tenido a la víctima enfrente, ¿qué hubiera hecho yo? ¿Me aprovecharía de ella?". Si tu respuesta es "no, ni modo", entonces deja de buscar razones para culpar a la víctima. Deja de preguntar qué hizo para que le hicieran eso; pregúntatelo más bien a ti.

Si escuchas de alguien que no corrió la suerte que corrió Jessica, y tu instinto es preguntar cómo iba vestida, pregúntatelo a ti: "Si yo estoy con esta persona y esta persona está vestida con minifalda, ¿me aprovecharía yo de ella?". Si tu respuesta es no, y espero que lo sea, entonces no tiene nada que ver con la minifalda y todo que ver contigo.

Si a una persona le robaron el celular y tu instinto es preguntar dónde lo llevaba, pregúntatelo a ti: "Si yo estoy en el centro y veo que una persona lleva el celular en el bolsillo de atrás, ¿yo me lo robaría?". Y si tu respuesta es no, y espero que lo sea, entonces no tiene nada que ver con el celular; tiene todo que ver contigo. Deja de preguntar qué hizo para que le hicieran eso. Deja de buscar razones para culpar a la víctima y deja de justificar la maldad.

Deja de decir que es su naturaleza. Deja de decir "¿qué esperas?". Deja de sentir que solo porque una papaya está ahí, tienes derecho a comértela si no es tuya. Y lo mismo con otra gente. Lo primero es cambiar tu propia mentalidad, pero también puedes empezar a cambiar tu lenguaje y puedes empezar a confrontar a los demás.

Si estás hablando con amigos y uno de tus amigos dice: "¿Y cómo iba vestida?", pregúntale tú a ese amigo: "¿Tú qué hubieras hecho? Si ella iba vestida con minifalda frente a ti, ¿tú qué harías?". Y si tu amigo se pone a decir: "Ah, no, yo no, pero es que hay mucha gente", sí, ya sabemos, hay mucha gente así. Pero si tú no te aprovecharías de ella, aun ella teniendo minifalda, no tiene nada que ver con la minifalda. Eso no es excusa. Deja de justificar al malo y deja de culpar a la víctima, porque no es culpa de la minifalda.

Si tu amigo dice: "Ah, no, pero es que ¿qué esperas llevando el celular en el bolsillo de atrás?", dile a tu amigo: "O sea que si a mí se me queda el celular aquí por error, ¿tú me lo robarías?". Y si tu amigo dice: "No, ¿cómo se te ocurre?", entonces di: "Entonces no tiene nada que ver con dónde está el celular". Y si le preguntas a tu amigo "¿tú te aprovecharías?" y el amigo dice "bueno...", pues ya sabes que no es tu amigo.

Deja de buscar razones para culpar a la víctima. Deja de justificar la maldad. Y lo más importante de todo: sé el tipo de persona que haría lo correcto, incluso si le dan toda la papaya del mundo. Sé la persona que procura siempre, sin importar las circunstancias. Sé la persona que procura vivir con valor.